Después del período de descanso veraniego, para España y Europa, son muchas las realidades humanas latentes que experimentamos en todos los ámbitos de la vida social, política, cultural, religiosa y eclesial, tanto a nivel mundial como local.

No es necesario que ofrezcamos aquí una relación de todas estas realidades. Los medios de comunicación, las redes sociales y los comentarios que hacemos de las situaciones y hechos que se dan, nos bombardean continuamente.

Por lo general, sale a la luz la cara oscura, negativa y destructiva de estas realidades, de modo prioritario, con una visión catastrofista de las mismas y, pocas veces, sus causas y, muchas menos, las consecuencias actuales y futuras nefastas para la vida digna de personas y pueblos.

Somos conscientes de que este tipo de comunicación genera, puede generar, desilusión, desesperanza y –a veces- incapacidad para acoger y sentirnos solidarios con el dolor de las personas, pueblos y lugares que sufren las consecuencias de un tipo de sociedad donde impera “el poder” y el afán de “beneficio inmediato” de unos pocos, sin visión de futuro.

Además, este tipo de comunicación paraliza las capacidades y posibilidades que, desde el compromiso en la vida cotidiana y en los distintos ámbitos, las personas y las comunidades tenemos para encender la llama que ilumine nuestra creatividad y la capacidad de emprender, el alumbramiento de una sociedad diferente y un tejido social, emprendedor y solidario.

Sin embargo, por lo general, ni los medios de comunicación, ni las redes sociales, ni nosotros mismos, estamos igualmente atentos para detectar, valorar y difundir, con la misma fuerza, los hechos positivos, los avances en la búsqueda y construcción de una sociedad más fraterna, respetuosa y promotora de los derechos humanos y del cuidado de la Madre Tierra, la cooperación, la denuncia de las causas que producen dolor y muerte y las propuestas creativas…

Todas las personas estamos llamadas a crecer en madurez, de modo continuo y equilibrado. Una persona madura es aquella que sabe conjugar sus propios tiempos, aceptando el pasado de una manera realista, viviendo el presente de modo comprometido y mirando con confianza el encuentro con el futuro que empieza ya hoy, más allá de los miedos, de las retiradas y las desmovilizaciones.

Para vislumbrar el futuro con confianza, mientras preparamos el nuevo curso que comienza,  vemos importante crecer en una mirada objetiva y reflexiva de la realidad global y cercana, teniendo en cuenta el conocimiento de ambos polos: de sus oscuridades y sus luces; el reconocimiento de las carencias y de los brotes de vida que van surgiendo; el análisis de las causas y consecuencias de estas situaciones… y pararnos a reflexionar sobre cómo nos situamos personalmente ante todo ello,  desde los pequeños gestos en la vida cotidiana hasta los compromisos profesionales, sociales y eclesiales.